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Llegué a Padua en el otoño de 1996 y viví aquí hasta el verano del año 2000.

Me mudé para realizar mis estudios universitarios en la Facultad de Filosofía y letras. Había elegido la carrera de Lingue e letterature straniere con indirizzo storico-culturale. Cuando me matriculé, me asignaron el número 407656/LL.

En aquellos cuatro años, asistí a las clases que se daban en el Departamento de Estudios lingüísticos y literarios del Palazzo Maldura, en el de Filologías anglo-germánicas y eslavas del Palazzo Borgherini, en la sede central del Liviano, en la Facultad de Ciencias políticas, y en las aulas del Departamento de Biología de via Ugo Bassi, donde tenían lugar las atestadísimas clases de literatura inglesa.
Me movía de un sitio a otro en bicicleta -era una vieja Atala 2000 amarilla-. Disfruté de esta ciudad a golpes de pedales, la hice mía.

Habitaba en via Marsala. Nunca he vivido tan en el centro de una ciudad como entonces. Salía de casa y ya estaba en via Roma, viendo el Palazzo del Bo’ desde el cruce. En el último año de mi estancia, fui a vivir más al sur, en la zona del Prato della Valle

Dice un refrán popular que Padua es la ciudad de los “sin”: tiene un santo sin nombre (San Antonio, el Santo por antonomasia), un café sin puertas (el Caffè Pedrocchi, que hasta principio del siglo XX estaba abierto las veinticuatro horas del día), y un césped sin hierba (el Prato della Valle, un terreno antiguamente pantanoso que se ha convertido en la actualidad en una de las plazas más grandes de Italia).

Para mí, Padua es suelo. Mi suelo. En los años en los que viví aquí, no solamente me independicé de mi familia y llevé a cabo mi formación académica, sino que desarrollé y definí mi identidad como persona adulta. El mundo se fue abriendo delante de mí y sentí que podía salir a explorarlo porque tenía un suelo firme de dónde coger impulso.

Padua, agosto 2016

 

 © 2019 Cristiana Gasparotto

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