• Cristiana Gasparotto

Autobiografía de un lugar

¿Es posible trazar la biografía de un lugar? Yo creo que sí, que es posible, asumiendo la inevitabilidad de que, a lo largo del proceso, la biografía de ese lugar se convertirá en una autobiografía y de que un mismo lugar tendrá tantas historias únicas cuantas son las personas que lo han vivido y que están dispuestas a contarlo.



La experiencia de un lugar se construye con los sentidos y con los sentimientos. Un lugar se ve, se huele, se oye; por supuesto, se toca; a veces hasta se saborea, porque cada tierra sabe diferente. En un lugar se sufre y se es feliz, se quiere, se llora y se ríe. Al final, el lugar se convierte en un estado mental, y cuando se echa de menos, lo que hace sentir un vuelco en el pecho no es el recuerdo del sitio, sino el recuerdo del tiempo que se estuvo allí.


Cuando era niña e iba a la montaña con mi padre, en el bosque respiraba el olor a musgo y a resina. Sentía la humedad en la piel de la cara y las agujas de alerce bajo las suelas de los zapatos. Buscaba las piedras más blancas y las flores más bonitas, mientras mi padre me contaba historias de la Primera Guerra Mundial.


El pasado, entonces, era una idea sencilla que abarcaba todo lo que había existido antes que yo. La consciencia del paso del tiempo vino después y, con ella, la creación de un lugar emocional y la posibilidad de emprender un camino de regreso. Mi biografía del Altopiano narra el viaje real hacia una meta intangible: la montaña de mi infancia.


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