• Cristiana Gasparotto

El armisticio de Compiègne


A las once horas del undécimo día del undécimo mes del año 1918, entró en vigor el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial en todos los frentes.

Había sido firmado el mismo día a las cinco de la madrugada en un vagón parado en la foresta de Compiègne, a unos cien kilómetros de París.


Alemania, que se había proclamado república solo dos día antes y estaba viviendo una revolución dentro de los confines del ya extinto imperio, aceptó todas las duras condiciones impuestas por la Entente. Entre los principales puntos, destacaban:


  • la retirada de todas las tropas alemanas desplegadas en Francia, Bélgica, Luxemburgo, Alsacia-Lorena y en el frente oriental;

  • la desmilitarización alemana del territorio al oeste del Rin y de los treinta kilómetros al este de la orilla izquierda del río, además de las ciudades de Maguncia, Coblenza y Colonia, que debían quedar ocupadas por tropas aliadas y estadounidenses;

  • la renuncia del Tratado de Brest-Litovsk con Rusia y del Tratado de Bucarest con Rumania;

  • el internamiento de la flota alemana;

  • la entrega de 5000 cañones, 25000 ametralladoras, 3000 morteros, 1700 aviones, 5000 locomotoras y 150000 vagones de ferrocarril [1].

Los delegados aliados después de la firma del armisticio. El mariscal Ferdinand Foch es el segundo desde la derecha. Via Wikimedia Commons.

La ratificación de estos términos en el Tratado de Versalles de 1919 y el consecuente desequilibrio de fuerzas que se generó en el escenario europeo ofrecieron un suelo fértil para el arraigo del nacionalsocialismo en los años venideros, al igual que en Italia facilitaron las premisas del discurso fascista.


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[1] Harry R. Rudin. Armistice 1918 (Hamden: Archon Books, 1967), 426-427.