• Cristiana Gasparotto

La guerra de las campanas


Érase una vez una guerra, una gran y terrible guerra, que hacía morir a muchos soldados de un bando y del otro. Nosotros estábamos en este bando y nuestros enemigos estaban en el otro, y nos disparábamos de día y de noche, pero la guerra era tan larga que llegó un momento en el que nos quedamos sin bronce para los cañones, no teníamos más hierro para las bayonetas, etc.


Nuestro comandante, el Extrageneral Bombón Disparón Pisaestruendón, ordenó bajar todas las campanas de los campanarios y fundirlas todas juntas para fabricar un grandísimo cañón: uno solo, pero lo bastante grande como para ganar toda la guerra de un solo disparo.


Para levantar aquel cañón hicieron falta cien mil grúas; para transportarlo al frente hicieron falta noventa y siete trenes. El Extrageneral se frotaba las manos de la alegría y decía: ─Cuando mi cañón dispare, los enemigos huirán hasta la luna.


Y llegó el gran momento. El supercañón apuntaba contra los enemigos. Nosotros nos habíamos llenado los oídos de algodón, porque el estruendo podía rompernos los tímpanos y la trompa de Eustaquio.


El Extrageneral Bombón Disparón Pisaestruendón ordenó: ─¡Fuego!


Un artillero pulsó un botón. Y de repente, de un extremo al otro del frente, se oyó un gigantesco repique de campanas: ─¡Din! ¡Don! ¡Dan!


Nosotros nos quitamos el algodón de los oídos para oír mejor.


─¡Din! ¡Don! ¡Dan! ─tronaba el super cañón. Y cien mil ecos repetían por montes y valles:

─¡Din! ¡Don! ¡Dan!


¡Fuego! ─gritó el Extrageneral por segunda vez: ─¡Fuego, pardiez!


El artillero pulsó otra vez el botón y nuevamente se difundió de trinchera en trinchera un alegre concierto de campanas. Parecía que sonaran juntas todas las campanas de nuestra patria. El Extrageneral se arrancaba los pelos de la rabia y se los siguió arrancando hasta que solo le quedó uno.


Luego hubo un momento de silencio. Y entonces, del otro lado del frente, como si fuera una señal, contestó un alegre y ensordecedor: ─¡Din! ¡Don! ¡Dan!


Porque tenéis que saber que el comandante de los enemigos, el Muertiscal Von Bombonen Disparonen Pisaestruendonen, había tenido la idea de fabricar un super cañón ¡con las campanas de su país!


─¡Din! ¡Dan! Tronaba ahora nuestro cañón.


─¡Don! Contestaba el de los enemigos. Y los soldados de los dos ejércitos salían de un salto de las trincheras, corrían los unos hacia los otros, bailaban y gritaban: ─¡Las campanas, las campanas! ¡Fiesta! ¡Ha estallado la paz!


El Extrageneral y el Muertiscal subieron a sus coches y corrieron lejos, y gastaron toda su gasolina, pero el sonido de las campanas aún los perseguía [1].


#GianniRodari #FavoleAlTelefono #CuentosPorTeléfono #LaGuerraDelleCampane #LiteraturaJuvenil

__________________________________________________________________________________

[1] Traducción propia del cuento "La guerra delle campane", en Gianni Rodari, Favole al telefono (Turín: Einaudi, 1984), 43-44.